vendredi 28 août 2009

SONIA SANOJA: EL CUERPO Y LA PALABRA




Reconocida bailarina y coreógrafa, introductora de la danza contemporánea en Venezuela, Sonia Sanoja restablece las alianzas poéticas de la danza en un curso de ampliación que dicta en el Instituto Universitario de Danza, hoy Uneartes Danza.

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En los comienzos del siglo XX, una nueva generación irrumpe contra los moldes impuestos por la academia, para inaugurar una nueva y desconocida libertad en el campo de la danza. Isadora Duncan, Loïe Fuller, Ruth Saint Denis, Mary Wigman, Vaslav Nijinski, entre otros pioneros, indagan en otras técnicas y culturas renovadas posibilidades para dar rienda suelta a una estética fundada en contenidos anímicos y emociones: cuerpo y espíritu en libertad.
Es el inicio de la danza contemporánea, y con ella el de una nueva era de integración de las artes para numerosos artistas plásticos, escultores y pintores como Rodin, Toulousse-Lautrec, entre muchos otros, que encuentran en esas búsquedas de la expresión corporal otras vías de indagación del cuerpo humano. “Amamos tanto a Loîe Fuller, Isadora Duncan y Nijinsky porque han rescatado la libertad del instinto y recuperado el sentido de una tradición fundada en el respeto a la Naturaleza”, confía Rodin un día a Mallarmé.
Pero fueron sobre todo los poetas de la época los que, intuyendo el vínculo original entre la danza y la expresión poética, acompañaron a esa nueva aventura con sus creaciones y reflexiones en torno a la recién inaugurada libertad del cuerpo en el espacio, en analogía con las experimentaciones de la poesía de principios del pasado siglo.
Ese trayecto es recordado por la bailarina Sonia Sanoja, en un curso de ampliación ofrecido por el Instituto Universitario Superior de Danza (Iudanza), bajo el título de “El cuerpo y la palabra”, durante el cual son examinadas textos y poemas de críticos y creadores que durante esa época dieron cuenta del impacto de “un baile comprometido con la nueva sensibilidad y capaz de hacerse eco de la problemática del hombre contemporáneo”, para decirlo con el crítico Rubén Monasterios. [1]
Pionera de la danza contemporánea en Venezuela y América Latina, Sanoja era la persona idónea para emprender un curso de semejante envergadura. Figura reconocida por la crítica internacional, entre ellas la mexicana, que la considera “la más auténtica bailarina y coreógrafa nacida en Hispanoamérica” [2], al vez sea la de la publicación Frankische Tagespost la que más se aproxima a las búsquedas e ideales estéticos de esta creadora venezolana: “Con ella la danza se vuelve rito exacto (…) Danza de una extrema libertad y, al mismo tiempo, nutrida por raíces autóctonas (…) Todas las leyes de los hábitos estéticos quedaron abolidas para dar paso a una estética nueva: la del temperamento de esta artista venezolana”. [3]
Egresada de la Escuela de Filosofía de la UCV, bailarina y coreógrafa, su arte se desempeñó estéticamente en el ámbito de una reflexión centrada alrededor de la construcción de un lenguaje auténtico. Bailarina invitada por Maurice Béjart, con quien se presentó en Berlín, Lyon y París, su ópera prima, “Duración Uno y Cuatro”, fue como “una pequeña obra maestra” en el París de finales de los 50, donde realiza, al decir de Monasterios, “uno de los espectáculos pioneros en materia de integración de la danza y composición plástica, en una coreografía que implica bailar dentro de un penetrable de Jesús Soto”. [4]

DE LA PALABRA AL CUERPO Y VICEVERSA
En el caso de Sonia Sanoja, la danza, se vuelca hacia la propia interioridad del cuerpo, para indagar contenidos originales a partir de los cuales expresarse y expresarnos libres de obstáculos y convencionalismos. Pero también –y en ello seguramente reforzada por su formación filosófica, tanto como por su relación con Alfredo Silva Estrada, uno de nuestros poetas más destacados en la renovación poética de esa década- deviene reflexión ontológica sobre el propio quehacer en todas sus implicaciones, tal como se nos presenta en su libro, A través de la danza (1970: Monte Avila Editores), de obligada referencia hoy en día.
“Más allá de su condición de espectáculo –dice-, el cultivo de la danza puede conducir a una meditación acerca del cuerpo”. Pero en esa preparación del cuerpo para el ejercicio de su libertad, esta original creadora ha hablado de una alquimia más allá de la técnica, mediante la cual el cuerpo se transforma en “un cuerpo danzante”, es decir, “un cuerpo pensante, consciente de su espacio intrínseco y de sus relaciones con el espacio de afuera. Un cuerpo -subraya-, hasta donde sea posible, libre y construido”. [5]
Semejante reflexión evoca Paul Valéry en 1936, poco antes de la muerte de una de las grandes intérpretes de la danza flamenca en el mundo, Antonia Mercé Luque, la Argentina. Autor de un clásico en la materia, El alma y la danza, el poeta y crítico francés, escribe: “Quisiera mostrarles cómo este arte, lejos de ser una diversión futil, lejos de ser una especialidad confinada a la producción de algunos espectáculos, a entretener los ojos que la contemplan o los cuerpos que se entregan a ella, es simplemente una poesía de la acción de los seres vivos (…) [6]
En “La danza como manera de vivir”, capítulo de su libro Danzar su vida, otro francés, el crítico Roger Garaudy, traducido por la misma Sonia Sanoja, señala: “Danzar su vida ¿no sería acaso, en primer término, tomar conciencia de que no sólo la vida, sino también el universo todo es una danza y sentirse penetrado y fecundado por esa ola del movimiento, del ritmo y del todo?”.
Miles de años antes, en los confines del Oriente, poéticamente, Kabir, el grande, lo había dicho: “¡Danza, corazón mío!/ Danza hoy de gozo./ Los cánticos de amor llenan de música los días y las noches, y el mundo vive atento a sus melodías./ Locas de júbilo, la vida y la muerte danzan al ritmo de esa música./ Los montes, el océano y la tierra danzan. Entre sollozos y carcajadas la humanidad danza (…).
Stéphane Mallarmé, quien sintió un sueño realizado a la vista de Vaslav Nijinsky bailando su Preludio a la siesta de un fauno, que tanto escándalo produjera en 1912 por su alejamiento del ballet clásico, se emocionaría también con pioneras como Elena Cornalba, tan escasamente recordada hoy, y Loïe Fuller, hada de las luces y gasas. “En la inmersión de las estrofas/ se plasma radiante, fría/ la figurante que ilustra tantos temas giratorios/ donde ella tiene una trama desplegada lejos, pétalo y mariposa gigantes/ … escribiría a la segunda.
“Cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando”, sostenía Nietzsche, único maestro que, junto a Jean-Jacques Rousseau y Walt Whitman reconocería la revolucionaria Isadora Duncan, la de los pies descalzos, autora de novedosos e incomprendidos métodos para llevar la poesía plásticamente a la escena.
En fin, una suma de sensibilidades y creadores, reunidos en un solo curso cuya primera conclusión, a vuelo de pájaros, nos conduce a la palabra reflexiva de Sanoja: “La danza (…) es el estar-siendo-consciente máximo; y su más alta misión tal vez sea mostrar que el cuerpo humano no es un volumen desalentador que nos separa de lo más constructivo y noble que tiene el espíritu (…) La danza es un estar-aquí total.”

[1] En Cuerpos en el espacio, Producciones Lithya Merlano, Gramoven, Caracas, 1986, p. 14.
[2] Monasterios, Rubén. Ob. cit, p. 79
[3] Ob. cit. p. 80.
[4] Ibidem
[5] “La danza y su técnica”, en Revista Nacional de Cultura, Nº 191, Enero-febrero, 1970 (Reeditado por la publicación en el número 332, antológico, 2006, pp. 175-181.
[6] "Filosofía de la danza", tomado de Revista Universidad de México, Nº 602-604, marzo, 2001.

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